Anelo

 



   Volví a La Toscana, mi lugar de origen. Se solía decir que hay cosas de la razón que el corazón no entiende. Era cierto. Mi corazón no entendía su ausencia, su distanciamiento. Gael tenía naturaleza romántica, fama de mujeriego, por ende encantador. Era fácil sentirse cómoda en su presencia, tenía el poder de hacerte sentir especial de, con cada palabra, cada gesto, cada mirada, despertar en ti la sensación de que eras única, insuperable, hermosa.

    Varias personas me advirtieron de su persuasión, de su encanto. Él mismo me lo advirtó pero, mi corazón decidió no escuchar, decidió que era racional dejarse llevar por esos sentimientos que hacía despertar a sabiendas de que era irreal. Una ilusión, un espegismo.

    Constantemente atraía a mi vida a personas que no eran adecuados para mi. Sospecho que la falta de cariño, de atención, de exiguo de amor hicieron que esa forma de seducción, conocedor de sus experiencias y el propósito final, me atrapara por su deleite influencia.

   

    Todo empezó en Gruissan, un encantador pueblo al sur de Francia. Viajé hasta allí con la ilusión de un nuevo comienzo. Mis estudios de baile en la magestuosa escuela de "Cfi Danse Feeling Lalie Bena". Me concedieron una importante beca de estudios, la cual puso en desequilibrio mi vida en La Toscana. Mi familia, mis amigos, mis raices... Mi corazón estaba divido entre mi sueño y mi hogar. Solicité la matricula por insistencia constante de mis seres queridos, mis inseguridades hicieron que tuviera el valor de hacerlo porque, en el fondo, sabía que no me admitirían. Todo mi mundo se tambaleó cuando llegó la carta de admisión.

    Experimenté muchísimas dudas, miedos e ilusiones aquellos meses. Mi abuela era la redundancia constante de "hazlo, y si tienes miedo, hazlo con miedo." Sus palabras cobraron sentido cuando, casualmente, me crucé con una vieja compañera de estudios, hacia mucho que no nos veíamos y le propuse tomar algo en una cafetería cercana. Marcella me confesó lo decepcionada que estaba de no haber podido seguir sus sueños. Por aquel entonces vió factible no apostarlo todo y luchar por lo que siempre había querido y se conformó. Escuché atentamente su largo testimonio como si de mi propia historia se tratara. Me abrió los ojos. Tenía miedo, sí, pero no estaba dispuesta a ser la misma chica que tenía frente a mi en un futuro.

    Aquella misma tarde acepté. Era un hecho, iba a pasar. Me mudaba a la bella Gruissan.

   

    En la residencia Francesca era mi compañera de cuarto, ambas congeniamos muy bien desde el principio. Aquel era su segundo año. Me incluyó en su grupo de amigos y compañeros, gracias a ella superé mi primer año y pude sentirme segura en el circulo social del que me rodeaba.

    Frecuentemente nos reuniamos en una cafeteria con mucho encanto cerca de la escuela; mesitas redondas con centro de flores, enredaderas con rosas rojas en la fachada empedrada, olor a café y croasan, dulce sensación de paz y... él. Gael era mesero de ese mágico e hipnótico lugar, dicho de éste último aún más atrayente gracias a su presencia.

    Las cercanías cada vez más incesantes, iluminaba mi día con el brillo de su sonrisa, se detenía todo mi mundo con su efimera mirada.

    Una tarde, como otra cualquiera, me propuso de cenar esa misma noche juntos, cerraría la cafetería solo para nosotros. Mi corazón bombeó tan deprisa que, limitadamente, me salían las palabras.

    Llegué esa noche a nuestra cita con los nervios a flor de piel, con una sonrisa tan amplia que era practicamente imposible de borrar.

    Me recibió con ese semblante impecable que portaba siempre; detrás de su espalda ocultaba un hermoso ramo de rosas rojas y blancas que me tendió con sumo cuidado y me tendió la mano con mucha seguridad. Me hacía sentir sensaciones que nunca antes había experimentado, todas a la vez, era algo hermoso, adrenalinico. Como esa sensación en el estómago de estar a punto de caer en la caida libre más grande del mundo. Me guió hasta nuestra mesa, preparada con hasta el más mínimo detalles; petalos de flores dispersos por la mesa, el suelo, velas encendidas en el centro de la mesa. Una botella de vino junto a ella. Luces estratégicamente bajas y una hermosa canción sonando de fondo.

    Me retiró la silla con delicadeza, empezamos a cenar y, como si de un suspiro se tratara, la noche pasó, casi dió lugar al día. Paseamos de vuelta a mi residencia con el amanecer a nuestro frente. Caminabamos despacio, con la sensación de que ninguno quería marcharse. Cuando, de repente, Gael se detiene, se quita su abrigo y me lo acomoda despacio sobre mis hombros, deja caer sus manos sobre mis brazos en una caricia casi imperceptible y me acerca para sí con mas firmeza, susurrandome al oído, una vez más, lo hermosa que estaba hoy. Y, me besó, fue el beso más dulce, delicado y hermoso que había experimentado. Aquel beso, ese roce tímido de sus labios con los míos me hizo volar, volar muy alto.

   

    Y así fue como comenzó nuestra historia. Llena de incesante caballerosidad, lo que pareció ser un amor genuino y momento únicos, románticos e inolvidable. Marcó un claro antes y depués en mi vida. Pero, ahora, despues de semanas en La Toscana contemplando atardeceres, tiempo de reflexión, de ver la situación desde una perspectiva diferente, sanando mi corazón en los momentos de paz que buscaba, comprendí que lo que vivimos fue efímero, pero intenso. Que me quedo con lo bonito, con lo bueno que hemos vivido, con lo que me hizo sentir. Porque mis sentimientos fueron y son verdaderos, sinceros. Siempre será mi primer amor, porque para mi el primer amor es la primera persona que te hace iluminar los ojos, la que te acelera el corazón, la que te hace sentir sensaciones las cuales no les puedes poner nombres pero, todas, fueron bonitas y mágicas. No en su justa medida, no exiguo e insuficiente, sino grande, adrenalinico, inspirador.

    Me quedo con su forma de reise, su sonrisa, la sensación de sus abrazos, su olor, sus bromas, su característico sentido del humor, su manera de mirarme, de acariciarme, de hacerme sentir. No había nada más extraordinario, nada más enigmático, que él.

    Siempre será mi noche estrellada con fuegos artificiales de fondo. Siempre será mi estrella fugaz, mi deseo inconcluso.

    Porque ahora sé que no pudo ser, pero que bonito fue.

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