Después de mí (Segunda parte)
Los días comenzaron a transcurrir lentamente. Y descubrí que aquella casa tenía sonidos que jamás había escuchado antes. El crujido de la madera cuando despertaba. La lluvia contra el tejado y las ventanas. El crepitar del fuego de la chimenea consumiéndose poco a poco mientras yo leía en el sillón. Y el lago. Siempre el lago. Había mañanas en las que me sentaba en la mecedora junto a la ventana con una taza caliente entre las manos y me quedaba contemplándolo durante largos minutos. A veces había nieblas. Otras veces el sol iluminaba las montañas y convertía el agua en un espejo. Y entonces entendía por qué había sentido la necesidad de llegar hasta allí. No había venido a olvidar. Había venido a encontrarme. Y, poco a poco, lo hice. ...