Un repentino encuentro

    





   La brisa parisina acariciaba mi rostro aquella sensual noche de Mayo. Cerré los ojos, agudizando mis sentidos; dulce aroma a flores frescas, el susurrar del viento entre las ramas de los árboles… y mis manos, hasta hace unos instantes vacías, notó el delicado roce de sus dedos deslizándose lentamente por mi palma, el roce lento subió hasta mi brazo, lo seguí con la mirada, se detuvo en mi hombro, terminé de abrir despacio mis párpados y él aprovechó para, delicadamente, girarme hacia él. Me perdí en sus ojos, los que reflejaban aquel cielo estrellado.

   Hacía cuatro años que no veía a Étienne, vivimos la historia de amor más bonita e intensa que jamás pude imaginar. Largos paseos por la orilla de la playa italiana, cogidos de la mano, riendo y bailando como si no hubiera nadie más. Me hacía sentir una, especial, tenía la magia de hacer desaparecer el mundo entero, solos él y yo.

   Un día se marchó, sin dejar rastro.

   Un tornado de emociones se arremolinaron en mi interior en aquel momento. Tristeza, rabia, decepción, nervios… lo tenía frente a mi, irradiaba sensualidad y seguridad, a pesar de todo.

— Ciao bella —Étienne sonrió seductoramente de medio lado.

   Tenía numerosas dudas, preguntas sin respuestas las cuales parecían no afectarle. Se presentó ante mí como si nada hubiese pasado, como si el transcurso de esos años solo hubiese sido un pequeño parón en el tiempo sin importancia. Me dolía su indiferencia. ¿En qué lugar me dejaba eso? ¿Qué significado tenía yo para él?

— Étienne, ¿qué haces aquí? —fue todo un milagro que la voz me sonara firme, a pesar el temblor de mi cuerpo, sé que lo percibía.

— Vaya, cualquiera diría que te alegras de verme —Dijo en tono burlón.

— Porque no me alegro.

   Levanté la cabeza, intentando mostrarme segura de mi misma. Podía ser muchas cosas, pero no era la clase de chica que se dejaba doblegar ante nadie, era orgullosa, sí. Las circunstancias y las personas me obligaron a serlo. Estaba dolida e irritada, no era precisamente mi mejor combinación, se merecía mi desdén. Las circunstancias, buenas o malas, tienen su retroceso, todo lo que das siempre vuelve.

   Me acarició la mejilla, caricia suave pero firme. Étienne era seductor por naturaleza, le gustaba aquel juego, yo lo sabía. Poco a poco mi mente se fue despejando, dando paso a otros sentimientos, aflorando la llama en mi interior al ritmo de su contacto, cada roce suyo impacientaban mis ganas, mis deseos. ¿Cómo podía tener ese efecto en mí? No quería pensarlo, no quería pensar. Simplemente dejarme llevar, dejarme seducir.


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