Interludio


 



 Era una mañana fría y lluviosa de Diciembre. Me dirigía cabizbajo hacia la arcaica tienda de relojes de la vieja plaza mientras me sumía en los pensamientos intrusivos que, últimamente, me invadían con gran facilidad. Intentaba controlar las sombras que se cernían sobre mí, huir de ellas o ahuyentarlas de alguna forma, pero era como un monstruo que se alimentaba del miedo y la necesidad de buscar silencio, de hallar paz. Crecía cada vez más al igual que crecían mis ansias de que desapareciera, de que se hiciera más pequeño hasta llegar a reducirlo, conseguía el efecto contrario. Me sentía absorto en una nube densa de humo, donde no te deja distinguir nada más allá de tus propias manos estiradas y, que se convierte, en una sensación de opresión en el pecho y de ahogo por no encontrar la salida. 

   Pensando en dejarme arrastrar por ese desosiego, fundirme en él como si ese gran acto de cobardía hiciera que doliera menos y mi vida adquiriera un matiz diferente. Caminando de forma monótona me encuentro en la entrada de la tienda de relojes, ni siquiera recuerdo porque vine hasta aquí pero decido entrar a ojear. 

   ´The Big Clock´ era una estancia menuda. La dejadez del lugar le daba una extraña sensación de comodidad; el perfecto equilibrio entre la satisfacción y el bienestar. Tres personas llenaban el lugar; una de ellas se interesaba por un reloj de bolsillo realmente precioso, detrás de las capas de polvo se apreciaba un hermoso tono dorado. Otra de ellas conversaba con el vendedor sobre la forma de arreglar un viejo reloj heredado por su abuelo, la tercera ocupaba un puesto tras éste esperando a ser atendido. 

   Mientras me fijaba en cada una de aquellas diferentes escenas me empecé a sentir atraído por un reloj de pared que, de cierta manera destacaba en esa vieja pared que la cubría tantos relojes que dejaba apreciar, mínimamente, la pintura de ésta. Me acerqué a él casi hipnotizado, como si la fuerza que me atrajera fuera un imán y mis pies solo se movieran por esa pujanza que lo arrastraba a ese lado de la tienda. Sin apartar los ojos de ese instrumento que mide y muestra el tiempo, pude comprobar que no daba la hora correcta, sus agujas marcaban la misma hora en la que sucedió, en la que lo perdí todo. Sin querer revivir aquellas dolorosas escenas; mi visión actual se empezó a desdibujar, me transportó a otro lugar, a lo que parecía otra vida; Mi querida Annie y yo estábamos recorriendo los pasillos del Hospital Universitario Erasme, en Bruselas, acompañados del personal médico con cierta urgencia; había tenido un accidente automovilístico de gravedad. Annie tenía una seria conmoción cerebral detectada a primera vista por un fuerte golpe causando dicha lesión cerebral traumática, aún no descartaban más daños pero tenía que operarse de urgencia. Estuve largas horas esperando su regreso, verla salir de la sala de operaciones, que no hubiese ninguna complicación. Como si se tratara de un espejismo, de una voz apenas audible.


- Hora de la muerte… - Se mira el reloj para comprobar la hora. - 12:45.

- Avisaremos al familiar que la espera, Doctor. 


   Vi como se acercaba un hombre de mediana edad con bata blanca. No era creyente pero rezaba con todas mis fuerzas que, a cualquiera que fuera la persona que se estuviese acercando, no fuese yo. 


- Señor Tixhon, acompáñeme, por favor. 


  Ni siquiera recuerdo cómo transcurrió todo después de la conversación con el Doctor, del papeleo, incluso de los meses posteriores. 

   Vi pasar mis largas noches en vela y mis días sin probar un solo bocado. Los vi como si, ahora, yo fuera el espectador de esas imágenes, como si el hombre que viera no fuera yo. Pero sí que lo era, estaba viendo mis días de estos meses atrás con otra perspectiva. Y, aunque me seguía doliendo profundamente su pérdida, entendí que por mucho que sientas que el reloj de tu vida se ha detenido, que no avanzas, el resto del mundo sigue progresando, no se detiene, se te escapa. Ocasionalmente tienes que enfrentar el miedo, desafiar tu pasado para poder comenzar a fijar la vista en un futuro, ya que nada hará que las situaciones del pasado se modifiquen, ni que las personas regresen, pero sí puedes decidir cómo confrontarte a ellas. 


   Después de lo que me pareció una eternidad volví a aquella tienda, el reloj siguió su corso y, me di cuenta, que realmente solo habían pasado apenas un par de minutos.



  

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