Después de mí (Primera parte)
Durante mucho tiempo pensé que pedir cariño era pedir demasiado.
Lo pensé cada vez que esperaba un abrazo que no llegaba, cada vez que tenía que conformarme con unas palabras dichas a medias, con gestos que parecían hechos por obligación y con la sensación constante de que, para la persona que tenía delante, yo siempre ocupaba un lugar demasiado fácil de dejar para después.
Yo no quería grandes cosas.
Nunca las quise.
Solo quería sentirme querida. Sentir que alguien tenía ganas de saber cómo había sido mi día, que me mirara y viera algo especial en mí. Quería que me acariciaran sin tener que pedirlo, que me buscaran porque me echaran de menos, que me hicieran sentir prioridad al menos alguna vez.
Quería cariño.
Y durante demasiado tiempo me hicieron sentir que incluso eso era demasiado.
Hasta que un día me cansé.
No de querer, sino de sentir que tenía que convencer a alguien para que me quisiera.
Fue entonces cuando comprendí que quizá llevaba tanto tiempo esperando que alguien me eligiera mientras yo misma llevaba años sin hacerlo.
Así que, por primera vez, decidí hacerlo. Decidí elegirme.
No hubo una gran despedida ni palabras dramáticas. Simplemente recogí algunas cosas, las suficientes para llenar una pequeña maleta, y cerré una puerta detrás de mí sin saber exactamente qué encontraría al otro lado.
Solo sabía que no quería seguir viviendo de la misma manera.
Había un lugar al que siempre había querido ir.
Un pequeño pueblo perdido entre montañas, rodeado de árboles y caminos estrechos, con casas de madera y chimeneas encendidas cuando llegaba el frío. Un lago abrazaba el pueblo como si hubiese sido colocado allí a propósito, y sus aguas reflejaban las montañas cuando amanecía.
Nunca había estado allí.
Pero siempre había sentido que, algún día, tendría que conocerlo.
Quizá porque creo en esas cosas que no sabemos explicar. En la magia de las pequeñas cosas. En las casualidades que parecen demasiado perfectas para ser casualidad.
Creo que algunos lugares se convierten en destino mucho antes de que nosotros decidamos llegar a ellos.
Y yo necesitaba creer que aquel era uno.
Aquella mañana subí al tren con una pequeña maleta y unos sueños enormes.
Llevaba el corazón dolorido, pero por primera vez en mucho tiempo había algo nuevo abriéndose paso entre aquel dolor.
Esperanza.
Me senté junto a la ventana y contemplé el paisaje mientras el tren avanzaba. Los edificios fueron desapareciendo poco a poco y dieron paso a campos, árboles y montañas cada vez más lejanas.
Había llevado conmigo un libro.
Pensé que podría mantener la mente ocupada, pero no conseguía pasar de un párrafo.
Leía una frase.
Volvía a leerla.
Y entonces mi cabeza regresaba al mismo sitio.
A todo lo que había pasado.
A todo lo que había permitido por amor.
A todas aquellas veces en las que había sentido que no era suficiente.
Cerré el libro.
Quizá ya era hora de dejar de escapar de mis pensamientos.
Por mucho que los evitara, seguían allí.
Tenía que enfrentarlos.
Necesitaba entender por qué había aceptado tan poco durante tanto tiempo. Necesitaba perdonarme por haberme quedado cuando algo dentro de mí llevaba años pidiéndome que me marchara.
Y, sobre todo, necesitaba aprender que quererme no significaba volverme fría.
Significaba dejar de conformarme con migajas.
Cuando llegué, la estación estaba casi vacía.
El cielo comenzaba a oscurecerse y unas nubes grises cubrían las montañas. Apenas había unas cuantas personas caminando por el andén y, a lo lejos, se escuchaba el murmullo de la lluvia que todavía tardaría unos minutos en llegar.
Salí de la estación y esperé fuera.
No llevaba paraguas.
Por supuesto que no.
Las primeras gotas empezaron a caer y miré hacia la carretera con cierta impaciencia.
–Perfecto –murmuré.
En cuestión de minutos, la lluvia se hizo más intensa.
Me abracé a mí misma intentando protegerme del frío cuando, de pronto, un hombre apareció caminando apresuradamente por la acera.
Llevaba un abrigo oscuro y se cubría como podía con una de las solapas del abrigo.
Pasó junto a mí demasiado rápido.
O quizá fui yo quien estaba demasiado distraída.
Lo cierto es que chocamos.
–Perdón –dijo inmediatamente, deteniéndose–. Lo siento mucho. Con esta lluvia no la he visto.
Me miró con preocupación.
–¿Está bien? ¿Se ha hecho daño?
–Estoy bien.
Mi respuesta salió más seca de lo que pretendía.
Él pareció darse cuenta, pero no se molestó.
–¿Necesita algo?
–No.
–¿Seguro?
–Sí.
Asintió despacio, aunque no parecía convencido.
–¿Y hacia dónde se dirige?
Lo miré.
–Eso no es asunto suyo.
Por primera vez pareció sorprendido.
Después sonrió ligeramente.
–Tiene razón.
Se colocó bien el abrigo y señaló hacia la carretera.
–Pero, si me permite el atrevimiento, tengo el coche unos metros más adelante. Puedo llevarla donde necesite.
No respondí.
Aparté la mirada.
–No hace falta.
–No se haga de rogar.
Volví a mirarlo, esta vez con cierto fastidio.
Él sonreía.
–Con este frío y esta lluvia acabaremos los dos resfriados. Y no creo que ninguno de los dos quiera empezar así la noche.
Suspiré.
No tenía fuerzas para contradecirle.
–Voy al pueblo.
–Entonces tenemos suerte. Yo también.
No sé por qué, pero terminé aceptando.
Quizá porque estaba empapada. Quizá porque tenía frío. O quizá porque, algunas veces, la vida empieza a cambiar justo cuando aceptamos algo que jamás habíamos planeado.
Su coche estaba aparcado un poco más adelante.
Una vez dentro, el sonido de la lluvia contra los cristales creó una especie de refugio alrededor de nosotros.
Yo permanecí con los brazos cruzados, mirando hacia delante.
Él arrancó.
–¿A qué parte del pueblo va?
No respondí.
–Prometo que esta vez sí es una pregunta necesaria.
Lo miré de reojo.
Él volvió a sonreír.
–A la cabaña junto al lago –contesté finalmente.
–¿La de madera?
Asentí
–Entonces sé dónde es.
Me giré hacia él.
–¿La conoce?
–Bastante.
–¿Cómo?
–Vivo cerca.
Aquello consiguió despertar mi curiosidad.
–¿Cerca?
–Un par de casas más abajo.
Lo miré sorprendida.
Él soltó una pequeña carcajada.
–Parece que tendremos que ser vecinos.
Por primera vez desde que había bajado del tren, sonreí.
Muy poco.
Pero sonreí.
El camino hasta el pueblo se hizo más corto de lo que esperaba. Quizá porque empezó a hablar. Me contó que llevaba años viviendo allí, que trabajaba fuera algunos días por negocios y que, curiosamente, cada vez que tenía que marcharse ya estaba deseando regresar.
–¿Tanto le gusta este sitio?
Miró hacia las montañas.
–Mucho.
–¿Qué tiene?
Pensó unos segundos.
–Calma.
Lo dijo como si fuera suficiente y, puede, que quizás lo fuera.
Después me preguntó de dónde venía, a qué me dedicaba, por qué había decidido marcharme… no le conté todo. Pero sí lo suficiente. Le dije que necesitaba empezar de nuevo.
Él no preguntó por qué. Simplemente dijo:
–No podía haber escogido un lugar mejor.
–¿Por qué?
–Porque aquí nadie tiene prisa.
Miró hacia el lago.
–Y creo que a usted le vendrá bien aprender a tener menos.
Aquella frase se quedó conmigo.
Al llegar, me ayudó a sacar la pequeña maleta del coche.
Subimos lentamente las escaleras que daban al porche de la cabaña hasta llegar junto a la puerta, donde la dejó cuidadosamente en el suelo y señaló hacia el interior.
–Bueno… aquí empieza su nueva vida.
Lo miré.
–Eso espero.
–Entonces no intente llenarla demasiado rápido.
Sonrió.
–Deje espacio para las cosas bonitas.
No supe qué responder.
Lo vi subir al coche y alejarse lentamente por el camino.
Y, cuando desapareció detrás de los árboles, me descubrí sonriendo.
Me quedé unos segundos inmóvil frente a la puerta.
La lluvia había empezado a caer con más fuerza, pero ya no me importaba.
Miré la cabaña.
Era incluso más bonita de lo que había imaginado.
Tenía las paredes de madera envejecida, pero bien cuidadas. El porche cubierto que rodeaba parte de la entrada, lo complementaba una mesa con un par de sillas en la parte más ancha y algunas macetas colgantes en el filo del techado que se movían con intensidad por el fuerte viento. Dentro, lo primero en lo que me fijé fue en una mecedora junto a una de las ventanas y unas macetas vacías esperando quizá la llegada de la primavera.
Sobre la puerta colgaba una pequeña lámpara de luz cálida que iluminaba las gotas de lluvia que caían frente a ella.
No era una casa enorme. Pero no hacía falta. Tenía justo aquello que había estado buscando sin saberlo.
Un lugar donde respirar.
Me invadió la sensación de hogar, olor a madera y a algo ligeramente dulce que no supe identificar.
El interior era acogedor.
Había una pequeña chimenea de piedra frente a un sofá tapizado en tonos claros y una manta doblada cariñosamente sobre uno de los brazos. Las paredes estaban decoradas con pequeños cuadros de paisajes, fotografías antiguas del pueblo y algunos detalles sencillos que hacían que todo pareciera vivido, pero no abarrotado.
La cocina era pequeña y cálida, con armarios de madera y una mesa redonda junto a la ventana.
Subí las escaleras lentamente.
El dormitorio tenía un techo inclinado y una cama cubierta con una colcha clara. Frente a ella había otra ventana.
Me acerqué.
Y entonces lo ví.
El lago.
Se extendía al otro lado de los árboles como una enorme lámina de cristal oscuro. Las montañas lo rodeaban y algunas pequeñas luces comenzaban a encenderse en las casas del pueblo.
Me quedé allí, contemplándolo.
Sentí algo extraño.
Algo parecido a un nudo deshaciéndose lentamente en el pecho.
Había pasado tanto tiempo deseando encontrar un lugar donde sentirme tranquila, un lugar donde sentir que pertenecía, que casi había olvidado aquella sensación.
Apoyé la frente contra el cristal.
Por primera vez no me asaltó la sensación de marcharme, ni miedo, ni que estuviera equivocándome. Solo pensé: “Quizá sí. Quizá aquel era el lugar. Quizá aquella pequeña cabaña, aquel lago y aquellas montañas eran exactamente lo que me había faltado durante aquellos años.”
Y, mientras escuchaba la lluvia golpear suavemente los cristales, sonreí.
Porque no se había solucionado todo aún, pero sí porque sentí que al fin estaba donde debía estar.
Aquella noche dormí profundamente.
Y a la mañana siguiente llamaron a mi puerta.
Abrí todavía medio dormida.
Era él.
Llevaba una bolsa en una mano y una barra de pan bajo el brazo.
–Buenos días.
–Buenos días.
–He pensado que quizá no habría tenido tiempo de comprar nada.
Levantó la bolsa.
–Traigo el desayuno.
Lo miré con cierta incredulidad.
–¿Desayuno?
–Sí.
Hubo un pequeño silencio.
–¿Puedo pasar?
Dudé.
Solo un instante.
Después me eché a un lado de la puerta invitándole a pasar.
Entró.
Y aquel gesto tan sencillo, tan cotidiano, terminó convirtiéndose en el principio de algo que ninguno de los dos sabía todavía nombrar.

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