Personas que no se enamoran pero aman el amor
Personas que no se enamoran
pero aman el amor
Hay personas que no se enamoran, pero que, aun así, aman el amor. Lo sienten en cada historia que leen, en cada canción que les recuerda que la vida también puede ser bonita, en cada atardecer que les hace pensar que, tal vez, ellos también merecen algo así.
No necesitan tener a alguien al otro lado de la mesa para creer en las mariposas. Les basta con verlas volar alrededor de quienes quieren.
Son esas personas que lloran en las bodas aunque no conozcan demasiado a los novios. Las que sonríen cuando ve a una pareja mayor caminar despacio, cogida de la mano. Las que guardan frases bonitas porque alguna vez esperan encontrar a alguien a quien decírselas.
Personas que quizá nunca han sabido lo que se siente al mirar a alguien y pensar; “quiero quedarme aquí.” Pero saben perfectamente lo que significa desear que alguien encuentre un lugar donde quedarse.
Ada era una de esas personas.
Nunca había estado enamorada.
Al menos, no de esa forma en la que las historias hablaban de amor.
Había querido. Había cuidado. Había esperado. Había sentido ilusión por alguien y también había tenido que aprender a marcharse. Pero nunca había experimentado aquello que sus amigas describen como una certeza.
–Lo sabes cuando llega –le decían.
Ella sonreía.
–¿Y si nunca llega?
Nadie sabía qué responderle.
Durante mucho tiempo pensó que quizá había algo mal en ella.
Mientras los demás hablaban de su primer amor, de aquel mensaje que les hizo sonreír durante todo un día o de la persona que les había cambiado la vida, ella escuchaba en silencio.
Le gustaba escuchar.
De hecho, le encantaba.
Podía pasar horas oyendo a sus amigas contar cómo se habían conocido con sus parejas, cómo habían sido sus primeras citas, cómo alguien había aprendido cuál era su canción favorita o cómo otro había cruzado media ciudad solamente para llevarles un café.
Ella disfrutaba de aquellas historias como quien disfruta de una película bonita.
Y, aunque nunca lo decía, a veces volvía sola a casa con una sensación extraña en el pecho.
No era tristeza.
Era algo parecido a la nostalgia de algo que todavía no había vivido.
Una tarde, mientras caminaba junto al mar, recibió una llamada de su mejor amiga.
Estaba llorando.
–¿Qué ha pasado?
–Nada.
–¿Cómo que nada?
Su amiga soltó una pequeña risa entre lágrimas.
–Me ha pedido que me case con él.
Ella se quedó en silencio durante un segundo.
Después empezó a reír.
–¡¿Y estás llorando?!
–¡Porque soy feliz!
Y entonces lloraron las dos.
Una porque acababa de encontrar el amor que llevaba tiempo buscando.
La otra porque, aunque no lo había encontrado, se alegraba profundamente de que existiera.
Aquella noche, después de despedirse, se sentó frente a la ventana de su habitación.
Pensó en todas las veces que había esperado enamorarse.
En las veces que se había preguntado si algún día sentiría aquello que los demás parecían sentir con tanta facilidad.
Y por primera vez no sintió que le faltara nada.
Quizá había pasado demasiado tiempo intentando descubrir por qué no era como los demás.
Quizá había olvidado preguntarse quién era ella.
Abrió un cuaderno y escribió:
“Puede que no esté hecha para vivir todas las historias de amor que admiro.
Y está bien.
Hay personas que nacen para protagonizar historias y otras que, de alguna manera, también las sostienen. Las escuchan. Las celebran. Las recuerdan. Las escriben.
Y eso también es amar.”
Se quedó mirando aquellas palabras durante un rato.
Entonces comprendió algo.
El amor nunca había sido solamente enamorarse.
También estaba en su madre dejando preparada la comida cuando sabía que llegaría tarde.
En su amiga llamándola después de un día difícil.
En el vecino que regaba las plantas de alguien que llevaba semanas fuera.
En dos desconocidos ayudándose a levantar unas bolsas que habían caído al suelo.
En un padre aprendiendo a peinar a su hija aunque nunca hubiera sabido hacerlo.
En una persona que perdona.
En otra que espera,
En quien se queda.
Y también en quien sabe marcharse cuando quedarse empieza a hacer daño.
El amor estaba en todas partes.
Quizá ella no había encontrado todavía a alguien con quien compartirlo de una manera romántica.
Pero había vivido rodeada de él.
Y entonces dejó de sentirse fuera de la historia.
Porque entendió que no todas las historias de amor tienen que terminar con dos personas besándose bajo la lluvia.
Algunas terminan con una llamada a media noche.
Con una mano sobre el hombro.
Con una carta guardada durante años.
Con una amistad que sobrevive al tiempo.
Con alguien diciendo “llegaste bien, ¿verdad?” y esperando la respuesta antes de irse a dormir.
Algunas historias de amor ni siquiera tienen protagonistas que sepan que están viviendo una.
Y quizá las más bonitas son precisamente esas.
Pasaron los meses.
Su mejor amiga se casó.
Ella estuvo allí, en primera fila.
Cuando los novios se miraron antes de decirse que sí, volvió a llorar.
Pero esta vez no sintió aquella antigua pregunta.
“¿Cuándo me tocará a mí?”
En su lugar pensó: “Qué bonito que dos personas se hayan encontrado.”
Y aplaudió.
Aplaudió como si aquella felicidad también fuera un poquito suya.
Porque lo era.
Después de la ceremonia, mientras todos bailaban, su amiga se acercó y la abrazó.
–¿Sabes una cosa?
–¿Qué?
–Siempre has sido de las personas que más creen en el amor.
Ella sonrió.
–Eso es porque nunca he dejado de verlo.
–¿Aunque nunca te hayas enamorado?
Ella miró a su alrededor.
A su amiga bailando con su marido.
A sus padres riéndose en una esquina.
A dos niños persoguiéndose entre las mesas.
A una pareja mayor observándolos con ternura.
Y respondió:
–Precisamente por eso.
Su amiga frunció el ceño, sin entender.
Ella sonrió un poco más.
–Porque no necesito haberlo vivido para saber que existe.
Aquella noche volvió a casa caminando despacio.
El cielo estaba despejado.
Sacó el cuaderno que llevaba siempre consigo y volvió a escribir. Esta vez no necesitó pensar demasiado.
“Quizá algún día me enamore.
Quizá no.
Quizá la vida tenga para mí una historia que todavía no conozco o quizá mi historia sea diferente de todas las que imaginé.
Porque aprendí que no estar enamorada no significa no saber amar.
Y que algunas personas pasan la vida esperando encontrar al amor de su vida sin darse cuenta de que llevan años rodeadas de amor.
Yo también lo estoy.
Y, por ahora, me basta.
Porque si algún día llega alguien que quiera caminar conmigo, tendrá que entender que no estoy esperando que venga a enseñarme qué es el amor. Quiero que venga a descubrirlo conmigo.”
Cerró el cuaderno.
Y por primera vez en mucho tiempo no deseó que llegara nadie.
No porque hubiera dejado de creer.
Sino porque había aprendido a disfrutar de la espera.
A querer su vida tal y como era.
A entender que estar sola no era lo mismo que estar vacía.
Y que quizá el amor más importante no era aquel que algún día alguien pudiera darle. Era el que había aprendido a darse ella misma.
Desde entonces, había descubierto que algunas personas no se enamoran fácilmente.
Pero aman las canciones que hablan de amor.
Aman las historias que terminan bien.
Aman las manos entrelazadas.
Aman las flores compradas sin motivo.
Aman los “avisame cuando llegues.”
Aman los abrazos que duran un segundo más de lo necesario.
Aman ver felices a quienes quieren.
Y quizá, después de todo, eso también sea una forma preciosa de estar enamorado de la vida. Porque hay personas que nunca han encontrado a alguien que les haga decir “quiero pasar mi vida contigo.” Pero han encontrado cientos de razones para decir “que suerte estar aquí.”
Esa también puede ser una historia de amor, pero que no trate de encontrar a otra persona, sino de aprender a querer la vida que ya tenemos y de descubrir que, incluso cuando nuestro corazón todavía no tiene nombre, puede estar completamente lleno de cariño.

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